Sobre la orilla del mar

Alguna vez imaginé
que caminábamos a la par,
los dos juntos; sobre la orilla del mar, nos hacía de soporte la fina húmeda arena,
dejando acentuado nuestros pasos mortales sobre ella,
huellas que se esfumaban en un lapso minúsculo del tiempo,
en una fracción de su interminable e inflexible línea eterna, como algún recuerdo enfermizo,
por el incesable movimiento de aquel.
Estabamos solos.
Arena, mar, cielo;
y el delgado trazo del horizonte que separa los sueños de la realidad. Nos abordaba el furioso ruido del golpe de las olas,
que sin preguntar mucho de su función,
no se cansaban de hacer siempre lo mismo.

Imaginé…
que caminabamos juntos en el filo,
sobre el límite indeciso del agual salada, lagrimas de perpetuos desamores; que llegaba con sus ultimas fuezas a mojar nuestro pies
(nuestros raros y ermosos dedos).

Justo allí, no fueron necesarias muchas palabras,
en esta situación, en mi imaginación,
las que intercambiábamos,
ya que la naturaleza, materializada en ese conjunto de sensaciones; en ese mismo instante,
se estaba manifestando con lo mejor que nos brinda; como justifiando su existencia; y ya no hacían falta palabras que desorganicen la armonía que invadía el ambiente.

Al lado tuyo estaba…
y sobre tu hombro derecho levante mi brazo,
y eso basto para que te des cuenta que te amo,
y no un batallón de palabras que intentaron
describir durante un prolongado tiempo
lo que una singular situación pudo lograr.-

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